Había ocurrido un hermoso día de verano, era un día caluroso. Él acababa de entrar a la universidad. Disfrutaba de una vida que no le pertenecía, era una vida que él no tenía derecho a vivir. Más sin embargo debido al esfuerzo de una persona él la vivía. A los dieciocho años había cometido el error más grande que un chico de esa edad podría cometer.
Conocía a Sakura Kinomoto desde que eran niños, estudiaban en la misma preparatoria porque su madre había odiado que se fuera de casa tan joven. Acudía a la preparatoria rural, junto con los hijos de cualquier simple trabajador de Tomoeda. Para su madre que fuera a la Preparatoria con todos los sucios hijos de los obreros era un poco mejor que dejarlo ir lejos.
La primera vez que la vio usaba un desgastado vestido azul. Tiempo después se enteraría que era uno de sus dos mejores vestidos. El enorme contraste entre sus posiciones sociales era impresionante. Mientras él usaba la misma camiseta en el mismo mes por pura rebeldía, ella no podía darse el lujo de usar el mismo vestido menos de dos veces a la semana.
Aún así, lo había atraído la risa que brillaba en sus ojos, la dulce sonrisa tierna. Se había enamorado como un loco de ella. La había deseado, la había poseído y la había dejado embarazada.
Mientras él disfrutaba con sus otros compañeros de su ceremonia de graduación, ella se había quedado toda la ceremonia espiando detrás de un árbol, vestida con su desgastado vestido azul y con sus dulces ojos brillando de un orgullo ajeno. Ella estaba orgullosa de él. A ella la habían expulsado de la escuela por estar embarazada.
Llámese culpa, Amor o responsabilidad, Syaoran Li había pedido a Sakura Kinomoto en matrimonio. Sus padres había dicho: “Te casas con ella y te desheredamos”. Él había tomado la opción más honorable.
No tenían nada para vivir, Fueron a Tokio. Vivian en un departamento destartalado sin más muebles que un colchón viejo. Eran tan pobres como ratas. Pero se amaban! Se amaban con la pasión de un amor dulce y joven.
Había buscado trabajo, un par de meses después se había dado cuenta que no podía atender la escuela y el trabajo al mismo tiempo. Ella tan dulce que era le había pedido que dejara el trabajo. Ella se encargaría de ambos. De los tres. Con su panza de embarazada trabajaba todos los días desde que el sol despuntaba hasta que llegaba la noche.
Como el dinero aún no era suficiente había ideado vender galletas que ella misma hacía. Por las noches mientras él estudiaba ella horneaba galletas para vender.
Su hijo nació en un hospital de beneficencia pública. El pequeño cuerpo de Sakura había dado a luz a un niño sano y vivaz. Una tarde mientras pasaba por unos jardines de la ciudad donde recogía flores silvestres para llevar a la mesa, Sakura había encontrado un cochecito de bebé. Lo había cogido bajo un brazo mientras en el otro cargaba a su hijo.
Con sus dulces manos había arreglado el cochecito, poniendo pedazos de tela aquí y allá. Enderezado las inestables ruedas y le había dado a su hijo un lugar para transportarlo.
Y entonces ese día caluroso de verano él acababa de salir de un laboratorio con sus nuevos amigos, todos de clase alta. En ese entonces Syaoran deseaba su aprobación más que nada en el mundo. Uno de ellos había gritado: “Miren, la chica de las galletas”. El piso bajo sus pies se movió.
¿Por qué estaba allí? ¿Por qué en ese momento, donde sus amigos la podían ver? La cólera y el resentimiento bulleron de su ser. Ella estaba tan sucia y desarreglada! ¿Por qué lo avergonzaba de esa manera?
Cuando ella detuvo el cochecito donde transportaba a su bebé y las galletas se le notaba cansada, ojerosa y delgada. Sus amigos habían dicho que era una niñita. En ese momento había olvidado todo el amor que le profesaba. Su risa, sus besos, la manera en que iba ansiosa a sus brazos, los corazones que dibujaba en su tenso abdomen antes que diera a luz. Había olvidado que no podía pensar en nada más que enterrarse entre sus muslos.
Mientras la veía acercarse escuchaba todas las duras palabras de sus padres: Ella destruirá tu vida. No es más que una sucia pueblerina. Te atrapó con el más viejo de los trucos. Si quieres ver un solo centavo de tu herencia, divórciate de ella. Eres demasiado para esa niña. Te mereces algo mejor que vivir en ese departamento lleno de cucarachas con una chica pobre. Incluso si esa chica lo hacía llorar de emoción cada vez que hacían el amor.
Uno de sus amigos gritó. “Niña de las galletas, ven aquí”.
El quiso correr, que la tierra lo tragara en ese instante. Pero ya no había tiempo. Uno de sus amigos apartó la mantita que ella había cosido con pedazos de tela y le hizo cosquillas en la barriga a su hijo. Una de las chicas que se la pasaban insinuándosele le preguntó:
-Syao, no me invitas unas galletas.
-Yo. . .
-Vamos Syao, tienes que probarlas, no sabes lo que es bueno hasta que las has probado- Ellos no sabían que él empaquetaba esas galletas todas las mañanas. Y ella le daba una pequeña bolsa todos los días.
Ella lo había mirado con la dulce sonrisa brillando en los ojos, llevaba el cabello recogido y tenía el hombro de una vieja camisa de cuadros mojado justo donde su hijo había babeado incontrolablemente.
-Si claro, tomaré dos.
Su cabeza castaña se inclinó como diciendo: “ ¿cuándo les dirás quien soy?”. Pero consiguió seguir sonriendo disfrutando de la broma.
Su fe en el era infinita. Ni se había inmutado al ver comprarle unas galletas a una hermosa chica, arreglada como para una fiesta. Él sonrió, metió la mano en uno de sus bolsillos y sacó unas monedas.
Fue después, cuando sacó el dinero, que ella entendió. No iba a reconocerla frente a sus amigos, ni a ella ni al bebé que, despierto lo había reconocido y se había puesto inquieto pidiendo sus brazos. Fue exactamente como si alguien apagara su luz interior, haciendo desaparecer su risa, su alegría, su fe en él. El desconcierto y el dolor anegaron sus rasgos, por un momento clavó los ojos en él. Pero finalmente metió la mano en el cochecito para coger las galletas y se las dio con su mano temblorosa.
El le dio una de las cinco monedas que ella le había dado esa misma mañana cuando salía para clases. Se las dio como si ella no fuera más que un mendigo en un callejón. Dio la vuelta y se alejó con las galletas quemando en la palma de su mano. Como si fueran monedas de plata.
De eso hacía más de diez años, jamás se perdonó. Sabía que ella tampoco lo había hecho. Ese día había matado a la persona que más amaba y que más lo amaba en el mundo.
Continuará. . .
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Esta es una adaptación de un fragmento de Nadie como Tú de Susan Elizabeth Phillips. En ese libro los padres del protagonista cuentan su historia, es demasiado triste pero al final es bella.
NO lucro con esta adaptación solo quise escribirla con los personajes que más me gustan haciendo cambios en la redacción pero tomando parte del argumento.
Espero la hayan disfrutado y me dejen sus comentarios.

OO RECIEN ME VENGO ENTERANDO DE QUE VOLVISTE A PUBLICAR OTRA HISTORIA Y ESTA SE ME HACE MUY TRISTE COMO SE ATREVIO SHAORAN A NO RECONOCER A SU HIJO Y A SU ESPOSA ESO ES NO TENER MA..NERA DE HACER LAS COSAS, BUENO PERO NO PUEDO NEGAR QUE ES LA MAS TRISTE REALIDAD QUE TODOS VIVIMOS, UN MUNDO DE APARIENCIAS DONDE ES MAS IMPORTANTE APARENTAR QUE SER QUIEN ERES. PUES OJALA SHAORAN VUELVA AL BUEN CAMINO Y VEA QUE HAY COSAS MAS IMPORTANTES QUE EL DINERO Y LA POSICION SOCIAL. BUENO SOTERIA ME DESPIDO Y TE DESEO LO MEJOR EN ESTA HISTORIA NO TE DESANIMES POR NADA DEL MUNDO Y SIGUE QUE SON TUS HISTORIAS QUE SON DE LO MEJOR QUE HE ENCONTRADOY GRACIAS POR LA ADAPTACION. HASTA PRONTO :) ATTE: SIRI
ResponderEliminarMe encantoo Claii
ResponderEliminarme hizo llorar T.T
ya quiero saber que siguee!1
maldito desgraciado oajala que
la concianecia lo este matando
como se atreve, me emociono mucho la parte
donde ella aregla el cochesito y como el bebe lo reconocio TT.TT
en finn otro cap por favorr !!!
att: mell
hola que bueno que publicas de nuevo me encantan tus fincs ese shaoran es unmendigo desgraciado ojala sakurita si lo vuelve a ver lo mande por un tubo sige escribiendo porfavor
ResponderEliminarhola, esta historia esta super linda es mejor que las anteriores, espero la continues
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